LOS ESCLAVOS
NEGROS SANJUANINOS - Segunda parte

 

¿Por qué desaparecieron los sanjuaninos de raza negra? En esta segunda parte se intenta una explicación. Pero además, se los muestra en el pasado como soldados de San Martín, músicos o esclavos de familia y en conventos.

 

Escribe:
Juan Carlos
Bataller

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Los esclavos negros sanjuaninos también fueron soldados.
Se estima que el general San Martín reclutó a dos tercios de los negros de Cuyo, para ser incorporados al Ejército de Los Andes.
Según las investigadoras del Instituto de Historia Regional y Argentina Héctor Domingo Arias, la orden de San Martín mereció protestas por parte de los propietarios de los esclavos pero finalmente fue cumplida. Fue así como Mendoza aportó 270 negros, valuados en 62.875 pesos y San Juan 230, valuados en 72.600. San Luis argumentó “escasés de negros y que la mayoría eran artesanos” y sólo entregó 42 esclavos.
Y agregan las historiadoras: “Así y a pesar de la antipatía manifiesta hacia el decreto de reclutamiento, la orden se cumplió y los esclavos conformaron el Regimiento número 8, al mando del general Soler".

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El ejército de los Andes se formó con tropas de los ejércitos del norte y del litoral, con la base para la caballería de los cuatro escuadrones del regimiento de Granaderos a Caballo (creado por San Martín), pero el mayor aporte lo hizo la misma Cuyo, con un gran número de voluntarios, incluidos los negros esclavos y los libertos, que hasta entonces poco eran tenidos en cuenta. Llegó así a reunir San Martín un ejército de aproximadamente 5.500 hombres (entre hombres de tropa y milicias), 10.600 mulas (fundamentales para el cruce de los Andes, ya que por estar adaptadas a la altura, podían cargar con todo lo necesario), 1.600 caballos (de los cuales llegaron a Chile aproximadamente 800, pérdida esta que ya había calculado San Martín) y 700 cabezas de ganado, además de la artillería y provisiones.

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No sólo Chile fue testigo de la bravura de los soldados negros, también Perú conoció sus proezas. Basta recordar al porteño Cabo Segundo Antonio Ruiz, más conocido como “Falucho”, quien se negó a izar la bandera española en un fuerte de El Callao y fue fusilado en el lugar. Murió gritando: “¡Viva Buenos Aires!”. Era un soldado del Regimiento 8.

 

Negros en las bandas de
música del ejército libertador

Las bandas más famosas del ejército de San Martín fueron las del batallón N° 8, que dirigía Matías Sarmiento, y la del batallón N° 11, que había obsequiado a San Martín el señor Rafael Vargas, acaudalado hacendado mendocino. En 1810 el señor Vargas había enviado a Buenos Aires a 16 de sus esclavos negros para que se les enseñara la música de instrumentos de viento, encargando a su apoderado que hiciera traer de Europa instrumentos, música y uniformes. Después de cuatro años regresaron los negros a Mendoza formando una banda completa de muy regular capacidad. Se supone que estos esclavos fueron alumnos de Víctor de la Prada, que en 1810 dirigía una academia de música instrumental en Buenos Aires (véase el Correo de Comercio del 24 de marzo de 1810).

El General Jerónimo Espejo, en su libro El paso de los Andes, expresa: «Cuando en 1816 San Martín realizó la expropiación de los esclavos, el señor Vargas le obsequió la banda completa con su vestuario, instrumental y repertorio».

El músico chileno José Zapiola, en su libro de memorias "Recuerdo de Treinta Años", aporta interesantes detalles sobre las bandas del ejército patriota:

«En 1817 entró en Santiago el ejército que, a las órdenes de San Martín, había triunfado en Chacabuco. Este ejército trajo dos bandas regularmente organizadas, sobresaliendo la del Batallón N° 8, compuestas en su totalidad de negros africanos y de criollos argentinos, uniformados a la turca. Cuando, días después de la batalla de Chacabuco, se publicó el bando que proclamaba a don Bernardo O’Higgins Director Supremo de Chile, el pueblo, al oír aquella música, creía estar en la gloria, según decía.

Estas bandas eran superiores a la única que tenían los realistas en el batallón Chiloé, que era detestable. Uno de estos conjuntos marchó al Sur con el Batallón N° 11; la otra, la del Batallón N° 8, quedó en Santiago. Mi afición a la música me hacía asistir a todas las horas en que esta banda funcionaba. Los oficiales me miraban como si perteneciera al batallón.
Contraje amistad con el músico mayor, Matías Sarmiento, que tocaba el requinto y enseñaba a la banda, instrumento por instrumento, haciendo oír a cada uno su parte por separado, y siendo él el único que sabía algo de música; pues todos la ignoraban y aprendían de oído lo que él les repetía.
Este modo de aprender es muy difícil para el que enseña y para el que aprende; pero la costumbre había facilitado el trabajo; a lo que debe agregarse que las piezas que se ejecutaban eran de poca extensión, consistiendo en marchas, paso dobles y valses. El flautín de la banda me había enseñado a conocer los signos y algo de la escala de la flauta. En cuanto a los valores, los ignoraba completamente, y nada pude aprender en esa parte. Sarmiento, antes de enseñar a los demás, tenía que estudiar el primero y el segundo clarinete; los otros instrumentos acompañaban como podían; y como leía la música con mucho trabajo, yo, que me ponía a su lado cuando estudiaba, y le seguía con la vista en el infinito número de veces que tenía que repetir cada frase, aprovechaba para mí el prolijo estudio que él hacía. En 1820 era tambor mayor del Batallón N° 8, el sargento Moyano, cuya fisonomía estaba marcada por un horroroso chirlo que le atravesaba todo un lado de la cara. Este sargento tuvo parte principal en la entrega de las fortalezas del Callao, en que fue fusilado el heroico negro Falucho».

En el Museo Histórico Nacional de Santiago de Chile se conserva un óleo que representa la Batalla de Chacabuco, obra del pintor losé Tomás Vandorse del año 1863. En este cuadro vemos a la banda del Batallón N° 8, integrada por unos 30 músicos, todos negros y colocados detrás del batallón que está cargando a los realistas en ese momento.

De (“Todo es Historia”; edición “Las Bandas Militares: el coraje a través del ritmo” por Vicente Gesnaldo, 1971).

 

Crímenes y castigos en
la época de la esclavitud

Andrea Moreno es profesora y licenciada en Historia. Sonia Veliz es licenciada en Geografía. Ambas son investigadoras del Instituto de Geografía Aplicada, de la Universidad Nacional de San Juan. En un interesantísimo trabajo han investigado y analizado el comportamiento delictivo de los habitantes sanjuaninos. A los efectos de esta nota hemos tomado en cuenta los casos en los que los protagonistas fueron esclavos negros.

El esclavo negro que
asesinó a dos mujeres
En este caso intervino un esclavo y el lector podrá advertir en toda su magnitud la violencia imperante en la época.
El esclavo pertenecía al Dr. Don Juan Álvarez Curtiñas, llamado Ramón. Éste había bebido demasiado y en el patio de su patrón se había producido una discusión entre dos mujeres negras esclavas, por un lado, Gregoria Báez junto a sus dos hijos, María Dorotea y Manuel, y por el otro lado, Jacoba Fuenzalida (esposa de Ramón) y su pequeño niño Bartolo.
La noche del 23 de diciembre de 1782, el negro Ramón encontró  nuevamente a estas dos madres peleando por sus hijos, y la riña se dilataba, hasta que este esclavo, cansado de oírlas discutir, embiste primero a María de una puñalada, hiriéndola gravemente, y luego mata a su esposa Jacoba y a Gregoria con varios cortes por todo su cuerpo.

La declaración de María Dorotea Báez expresa: “...dice que ayer jugando dos niños, uno hijo del negro Ramón y el otro de la madre de esta declarante y por haberle echado una gerguita a una ternera se pelearon los niños y esta declarante los apartó despachando al de su madre que se fuese y la mujer del negro Ramón, por causa de la riña de los muchachos, hubo disgusto con esta declarante y hubo riña de palabras hasta quererse agarrar y así se mantuvieron hasta que vino el negro y empezó a maltratar a la Gregoria ...y que ya acostadas esta declarante y la mujer del negro se trabaron de razones y como tenían las camas cercanas dijo la dicha Jacoba, que así se llamaba, esta noche ha de ser cuando yo me he de perder y agarró a esta declarante por los cabellos y a ella también hasta que su madre las apartó y en eso vino el negro y le dio a la declarante una puñalada por detrás a cuyo tiempo dijo “Jesús que me ha muerto” y volviendo le dio otra por delante, luego se decidió a golpear a Jacoba y Gregoria y también las apuñaló, y en ese momento la declarante se desmayó”.
Luego de haber cometido semejante atrocidad, Ramón escapa a Mendoza, y nunca lo encontraron para dictarle una sentencia.

El caso del esclavo Antonio
muerto a golpes y azotes
Según los expedientes analizados por las investigadoras sanjuaninas, los maltratos seguidos de muerte hacia los negros esclavos eran muy comunes y también lo eran las denuncias ejercidas contra los patrones que  perpetraban tales delitos. Como ejemplo, basta un solo caso, el del negro Manuel, esclavo del portugués Don Antonio Biera.
La reconstrucción del hecho se realiza en base a las distintas declaraciones, tanto de los testigos como del acusado. Según los testimonios, Don Antonio abusó de su poder, maltratándo despiadadamente a su negro esclavo: “...dice que un día de la semana vio el declarante salir a un negro nombrado Manuel, con grillos de la casa de Don Antonio y como la casa de este declarante se encuentra al lado de la del acusado, llegó hasta su casa pidiendo justicia y que quería ver a los señores alcaldes para que dispusieran del él y no lo dejaran.
De allí lo agarraron de los grillos y lo voltearon contra el suelo y lo arrastraron el dicho Antonio y su hijo dándole muchos golpes con las manos y pies y que habiéndolo encerrado, le consta a este declarante, que el día viernes oyó azotería en lo del portugués... Dice que habla con un negro esclavo de Don Antonio y le comenta que el negro Manuel había muerto de azotes y que hace un día fue enterrado en San Clemente y que además, sabe que tiene a una negra con grillos y en cueros encerrada en una habitación de su casa".
El hecho ocurrió el 4 de abril de 1784 y en la declaración, Don Antonio Biera justifica su proceder así “... el negro se fugaba, por eso estaba con grillo y por eso lo azoté …”
El cuerpo del esclavo Manuel fue enterrado clandestinamente en San Clemente, aduciendo primero que había fallecido “por estar enfermo de empacho y luego la mujer  del Antonio Biera dijo que había muerto de lombrices”. Pero en realidad, por el contenido de las declaraciones, sabemos que había muerto por azotes y golpes en la cara y cuerpo.

 

La homosexualidad
era un delito
Entre las diferentes acusaciones en contra de Don José Ignacio Gómez se encuentra la de homosexualidad donde se implicaba a un negro esclavo llamado Esteban, del convento de San Agustín, pues la declaración del Prior dice así: “...según tengo noticia de todos los religiosos de mi convento había trabado una suma amistad y familiaridad con mi esclavo de la que yo estaba indeciso, con motivo de esta amistad no había casi día alguno, el que yo saliese fuera, en el que el expresado Gómez no comiese, almorzase o merendase con mi esclavo del que yo confiaba las llaves de mi celda y despensa (ignorante de semejante intimidad)...”.
Cuando Gómez hace su descargo niega esta relación con el negro esclavo y al finalizar el juicio, es condenado a prisión por este delito (1 caso, 0.4%).
Don José Ignacio Gómez también había sido acusado por robo en el Convento de San Agustín el 6 de abril de 1790.

 

Cómo vivían en San Juan los
esclavos de la Compañía de Jesús

Una investigadora sanjuanina, la doctora Celia López, brindó a través de un libro en el que documenta la presencia jesuita en San Juan, el más detallado informe sobre el fenómeno de la esclavitud negra en nuestra provincia. Qué trabajos hacían, cuanto valían, cómo vivían y cómo se reproducían, los castigos, los que se fugaban. Un mundo que existió en estas tierras y del que pocas veces se habló.

Para el momento de la expulsión en 1767, los jesuitas poseían en San Juan 104 esclavos distribuidos en las diferentes propiedades que la compañía tenía.
La historiadora Celia López es autora de un muy documentado libro editado por la Fundación Universidad Nacional de San Juan que lleva por título: “Con la cruz y con el dinero: los jesuitas del San Juan colonial”.
En esa obra dedica un capítulo al tema de la esclavitud al que titula “Padres, patrones y amos”.
Es mucha la información recolectada por la doctora López. Y dada la cantidad de esclavos que poseían los jesuitas, el trabajo brinda elementos que posibilitan comprender muchos aspectos de la esclavitud en San Juan en el siglo XVIII. Veamos:

La chacra o hacienda de Puyuta concentraba la mayor parte de mano de obra esclava. El resto se distribuía entre la casa y la iglesia ubicada frente a la Plaza Mayor (la actual catedral), la estancia de Guanacache y la Viña de San Xavier.

Los esclavos de Puyuta eran los elaboradores del aguardiente que se vendía en Buenos Aires y era la principal fuente de ingresos.

El trabajo era dirigido por un mayordomo o capataz y un jesuita que solía estar en la chacra en forma permanente supervisando los trabajos.

Entre los años 1752 y 1762 hubo un aumento en la venta de aguardiente en Buenos Aires y se incrementó en 21 el número de esclavos, lo que se explica por la razón de que a mayor producción hacía falta más mano de obra.

Los jesuitas, según la documentación, cubrían de manera suficiente las necesidades básicas de alimentos, vestimenta y vivienda. A esto se sumaba la asistencia en caso de enfermedad y las recompensas por trabajos especiales o por su buena conducta.

La base de la alimentación de los esclavos de los jesuitas fue la carne, el maíz, papas, legumbres y algo de aves y pescado. La mayoría de estos alimentos eran producidos en la chacra de Puyuta. La uva fue seguramente importante en la dieta por su alto valor nutritivo.

El reparto de yerba mate y tabaco a los esclavos como forma de agasajo o regalo fue práctica común, sobre todo en época de vendimia o dias de fiesta.

En cuanto a las bebidas alcohólicas, la documentación no abunda al respecto aunque se cita a un esclavo al que el rector califica de borracho.

Como una especie de gracia o regalo, los jesuitas colocaron a esclavas jóvenes como criadas en casas de familias tradicionales de la sociedad sanjuanina. “Dos esclavas llamadas María están en la casa de don Francisco Maradona una y la otra en casa de don Ilario Maurín para que aprendan la doctrina y no los resabios de nuestras esclavas”, dice una anotación.

Existía la división de viviendas para esclavos solteros, por sexo y aparte la de los esclavos casados. Al conjunto de las habitaciones donde vivían se las denominaba “ranchería”

La asistencia de los esclavos enfermos era parte de los deberes de la Compañía y los jesuitas de San Juan pagaron médicos para curar enfermos así como también alguna mujer que les cuidaba.

La enfermedad de las viruelas, llamada en la época “peste”, afectó la salud de los esclavos en cuatro diferentes años: 1739, 1744, 1756 y 1761. La peste de 1744 fue particularmente grave provocando la muerte de tres esclavos.

Algunos esclavos adultos fueron indispensables en la economía de la residencia por su conocimiento de ciertos oficios. La posesión de ciertas habilidades en una actividad específica determinaba el precio de un esclavo, además del sexo, la edad y la salud.

En la residencia jesuita de San Juan se puso especial empeño en la enseñanza de oficios a los esclavos, generalmente pagando a maestros para que los entrenaran. Así existían zapateros, albañil, barbero, botijero, amasandera, hilandera, cocinero.

En 1754 la compañía compró un esclavo por cuatrocientos pesos porque sabía fabricar odres para almacenar el aguardiente y servía como podador.

Se puso especial empeño en detectar aquellos esclavos con habilidades para cantar y tocar instrumentos musicales porque la música fue un elemento muy importante a la hora de atraer feligreses. En 1758 enviaron tres niños esclavos a aprender música a Mendoza y dos años después vinieron un arpista y dos violinistas preparados para ejercer su oficio. Lo curioso es que la Compañía cobraba por las actuaciones de sus músicos pero no hay constancia de que le pagaran a los esclavos.

Los que se fugaban
Hubo esclavos que se fugaron de la residencia, hecho común en la época colonial. En el libro de gastos de la residencia aparecen registros de dinero pagado a gente para buscar a los fugitivos o por poner grilletes a algún esclavo fugado. Entre 1737 y 1763 se fugaron al menos ocho esclavos. Dos llegaron hasta Mendoza, uno escapó por la cordillera cuando era trasladado a Chile y otro huyó cuando lo traían desde Buenos Aires. Cinco de los ocho fueron recapturados.

El castigo impuesto tanto a las fugas como a otros delitos como robar, consistía en encarcelar con grilletes a los esclavos. La presencia de cepos y grilletes en los inventarios así lo prueba. Generalmente se los tenía ocho días engrillados.

En San Juan se pagaba entre 1 y 12 pesos por la recaptura de un esclavo. Una cifra mucho menor a lo que se pagaba en Perú, que iba de los 35 a los 120 pesos. Los buscadores de esclavos fugados eran verdaderos especialistas en el tema.

La propiedad de Puyuta estaba en el bajo que se encuentra entre Marquesado y los cerros de Zonda. La pulpería, donde se vendía lo que allí se producía, estaba donde hoy está la esquina Colorada y era atendida por dos esclavas negras.

¿Qué fue de los esclavos cuando expulsaron a los jesuitas? Digamos que los 104 que la Compañía tenía en 1767 se hicieron 115 en 1772, cuando fueron sacados a remate. Ciento trece fueron vendidos en subasta pública en junio de ese año. Después de una puja entre varios vecinos, fueron adquiridos por José de Ibazeta por la cantidad de 15.100 pesos. El comprador sólo pagó tres mil pesos.
A su vez, dos esclavas negras se sacaron a remate por separado y Juan de Díos Furque las adquirió por 360 pesos.

Los métodos para aumentar
el número de esclavos

Criar y comprar eran los métodos usados por los dueños de esclavos en la época colonial.
En este sentido, el historiador Magnus Morner, haciendo un  balance general sobre el tema, menciona cuatro categorías de dueños en cuanto a sus actitudes respecto a la vida sexual de los esclavos.

El primer grupo es el de los propietarios que trataban de prohibir la promiscuidad a favor de uniones más estables, como la forma de matrimonios.

El segundo era el de los que mantenían separados a los hombres de las mujeres haciendo más dificiles las relaciones sexuales entre ellos.

En tercer lugar estaban los que eran completamente indiferentes al problema y tenían la esperanza de que la promiscuidad aumentaría el número de esclavos.

Por último estaban los que alentaban la reproducción, proporcionando mejores viviendas y cuidado de la salud.

En el caso de los jesuitas se prefería comprar esclavos varones en edad de trabajar.
No obstante, se trataba de conservar una relación entre varones y mujeres, favoreciendo los matrimonios.
Es así como en 1767 había 53 mujeres y 51 hombres entre los esclavos. De ellos, sólo 6 mujeres y 4 hombres tenían más de 45 años. Había 40 niños menores de 10 años.

Los esclavos  que
hicieron la catedral
Entre 1751 y 1767 se realizó la obra arquitectónica más importante que tendría la ciudad hasta el siglo XX: la Iglesia, hoy catedral.
Los esclavos negros de la Compañía de Jesús fueron la mano de obra fundamental en la construcción de la Iglesia frente a la Plaza Mayor. Y es de imaginar el movimiento que representó para la época aquellos más de quince años de construcción en el corazón de la aldea.

Los jesuitas poseían todo lo necesario para la elaboración de ladrillos y adobes, incluidos dos hornos de cocer ladrillos y uno de cocer cal.
Para la fecha de la expulsión la Iglesia estaba casi terminada, a excepción de una de las torres.

Fuentes:
Desde San Juan hacia la Historia de la región Siglo XVI-XIX – Instituto de Historia Regional y Argentina Héctor Domingo Arias.
Negocios en familia – Ana María Rivera Medina.
Con la Cruz y con el dinero – Los jesuitas del San Juan colonial – Celia López.
Recuerdos de provincia – DomingoFaustino Sarmiento.
Antehistoria - www.artehistoria.jcyl.es/historia/contextos.
Hoy la Universidad – negros y esclavos, una historia de negación - www.hoylauniversidad.unc.edu.ar
Historia de bandas militares – Revista de suboficiales.

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Medios más frecuentes
para obtener la libertad

Por cartas de libertad otorgadas por sus amos y a veces concedidas como pago por servicios prestados.

En los testamentos suele encontrarse con frecuencia disposiciones acordando la libertad a esclavos.

Libertad otorgada por padre blanco a su hijo mulato.

Algunos amos se desprendían de sus esclavos ancianos o enfermos, otorgándoles la libertad.

Compra de la libertad por parte del esclavo.

Negros o negras libres podían comprar a sus hijos esclavos. Los pleitos debido a problemas relacionados con ese aspecto son numerosos en los últimos años del siglo XVIII.

En algunas ocasiones se otorgaba la libertad colectiva, por sorteo, y en conmemoración de alguna festividad (celebración de los aniversarios del 25 de mayo de 1810, por ejemplo).

Libertad otorgada por la participación en hechos de armas (actuación de los regimientos de pardos y morenos durante la invasión de los ingleses).

Numerosas disposiciones obligaban, con posterioridad a 1810, a la entrega, con destino a las filas del ejército, de parte de la población esclava. El gobierno compraba a los negros destinándolos a las filas con la condición de otorgarles la libertad luego de cinco años de servicio. En otros casos no se estipula fecha alguna.

Eran considerados libres los negros apresados por las naves corsarias argentinas. También los esclavos son destinados durante cierto tiempo a las filas del ejército. El gobierno abonaba parte del precio en que lo valúa, al capitán de la nave de guerra. Por resolución del 18 de noviembre de 1816, se destinaban al servicio de las armas y durante cinco años, a los esclavos apresados por las naves corsarias. 

También se otorgaba la libertad y se destinaban al ejército a los esclavos apresados durante la guerra contra el Imperio del Brasil.

 
 

Por qué desapareció
la raza negra

La declinación de la raza negra respondió a una suma de factores entre los que es posible destacar como los más importantes los siguientes:

La terminación de la introducción masiva de negros esclavos.

La alta tasa de mortalidad, por razones de higiene y alimentación.

La incidencia de las guerras de la Independencia, civiles y contra Brasil y Paraguay que diezmó la población varonil. El progresivo aumento de la inmigración blanca europea.

La tendencia a blanquear a los hijos que manifestaron las mujeres de color al aceptar formar pareja estable o no, con hombres blancos. De esta manera lograban la equiparación social de los hijos permitiendo su acceso a sectores que estaban vedados a las personas de origen africano o indio, por ser provenientes de la esclavatura o las castas.

A lo anterior hay que agregar el agravamiento de la situación laboral, alimentaria, sanitaria y social del negro, mulato o pardo que quedaba en condición de libre, acompañando de manera paralela a la situación de la población aborigen, también en disminución y de relegación social, en una sociedad regida por el blanco.

El esclavo libre perdía la protección de la casa patronal y quedaba liberado a las inseguridades de la sociedad liberal, que si bien le daba una libertad, no la compensaba con protección sanitaria, educacional ni le proporcionaba trabajo con una remuneración que le permitiera solventar las necesidades mínimas del vivir cotidiano.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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